EL COSTE INVISIBLE DE NO SENTIRNOS SUFICIENTES
Cada año, cuando llega el 8 de marzo, hablamos de derechos, de igualdad y de oportunidades.
Pero hay algo de lo que se habla mucho menos: el coste invisible que tiene para muchas mujeres sentir que no somos suficientes tal y como somos.
No me refiero solo a las dietas, a la ropa o al maquillaje. Me refiero a algo más profundo: la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo.
Durante años, muchas aprendemos a mirarnos al espejo buscando defectos. Nos fijamos en lo que cambiaríamos, en lo que no encaja con lo que creemos que deberíamos ser.
Y ese pequeño gesto cotidiano, aparentemente inofensivo, tiene consecuencias mucho más graves de lo que parece.
EL TIEMPO QUE PERDEMOS CRITICÁNDONOS
Para empezar, está el tiempo.
El tiempo que pasamos preocupadas por cómo nos vemos, mirándonos al espejo y viendo solo lo que consideramos imperfecciones.
Si dedicamos 15 minutos al día a criticarnos frente al espejo —algo que a muchas nos resulta tristemente familiar—, al cabo de un año son más de 90 horas.
Noventa horas.
En ese tiempo podrías aprender un idioma a nivel básico, leer una decena de libros, empezar una actividad nueva o desarrollar cualquier habilidad que te interese.
Pero en lugar de eso, ese tiempo se pierde en una conversación interna que rara vez es amable.
EL DESGASTE SILENCIOSO DE LA AUTOESTIMA
Además del tiempo, hay algo aún más importante: la energía mental.
Cuando prestamos constante atención a aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo, ese ejercicio repetido de negatividad va minando poco a poco nuestra autoestima.
La preocupación de que otras personas vean esas partes que tan poco nos gustan puede llegar a condicionar cómo vivimos el día a día.
A veces nos impide disfrutar de momentos pequeños y cotidianos.
O nos hace sentir incómodas en situaciones en las que podríamos simplemente estar presentes.
Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, dejamos de mostrarnos tal y como somos.
Las oportunidades que dejamos pasar
La lista de consecuencias podría ser mucho más larga, pero hay una especialmente importante: las oportunidades que se pierden.
La falta de seguridad en una misma puede traducirse en decisiones pequeñas que, con el tiempo, acaban teniendo un gran impacto.
Oportunidades laborales que no nos atrevemos a intentar.
Situaciones sociales en las que preferimos pasar desapercibidas.
Relaciones que no llegamos a construir.
Cuando estamos demasiado pendientes de cómo nos vemos, nuestra atención no puede estar plenamente en lo que estamos haciendo: nuestro trabajo, nuestras conversaciones, nuestros proyectos o las personas que tenemos delante.
Al final, la inseguridad que nace de esa constante sensación de “no ser suficiente” nos roba algo muy valioso: la libertad de decidir cómo queremos vivir nuestra vida.
La alternativa: conocerte en lugar de corregirte
Dicho así puede sonar grave, pero es importante nombrarlo.
Y también es importante saber que existe una alternativa.
En lugar de vivir intentando corregirte constantemente, puedes empezar por conocerte mejor.
Todo empieza por aceptar que nuestro cuerpo es el que nos permite vivir la vida. Y que, sea como sea, merece respeto y cuidado.
¿Que quieres modificarlo por salud o por estética?
Por supuesto, estás en tu derecho.
Pero no deberíamos esperar a cambiarlo para empezar a disfrutar de la vida.
Porque la clave no está en esconder lo que no te gusta, adelgazar o intentar parecer otra persona para gustarte más.
La clave está en entenderte.
Cuando comprendes tus proporciones, dejas de pelearte con el espejo.
Cuando entiendes qué colores te favorecen, dejas de pensar que tienes mala cara.
Y cuando dejas de luchar contra tu propio cuerpo, recuperas algo muy importante: energía.
Energía para dedicarla a lo que realmente importa.
Una pequeña revolución
El 8 de marzo hablamos de derechos, de igualdad y de oportunidades.
Pero ninguna mujer puede aprovechar plenamente sus oportunidades si vive convencida de que no es suficiente.
Por eso, te propongo algo pequeño pero, en realidad, bastante revolucionario.
La próxima vez que te mires al espejo, prueba a hacerlo sin corregirte.
Solo obsérvate.
Con curiosidad, no con juicio.
Y si sientes que te gustaría aprender a mirarte con más amabilidad y entender mejor qué te favorece, puedo acompañarte en ese proceso.
A través de la asesoría de imagen trabajo precisamente en eso: ayudarte a conocerte mejor y a utilizar la imagen como una herramienta a tu favor, no como una fuente de inseguridad.